Durante mucho tiempo, la artesanía se ha visto como un oficio heredado, un saber que pasaba de generación en generación. Sin embargo, hoy asistimos a un fenómeno distinto: son muchos los jóvenes que se acercan a la artesanía no solo como una tradición que conservar, sino como una forma de vida que puede transformar su entorno. En ellos, la artesanía se convierte en una herramienta de creación, de emprendimiento y de conexión con la tierra.
Este regreso al hacer con las manos no es casual. Frente a un mundo acelerado y digitalizado, muchos jóvenes buscan un trabajo que tenga sentido, que deje huella y que esté vinculado a su identidad y su territorio. En un torno, en un telar o en un banco de carpintería descubren no solo una técnica, sino una manera de entender el tiempo y el valor de las cosas. La artesanía les ofrece la posibilidad de emprender sin desvincularse de su lugar de origen, de generar actividad económica sin romper con el entorno rural, de innovar desde la tradición.
El reto, sin embargo, está en conectar esos nuevos impulsos con el tejido artesano existente, en tender puentes entre la experiencia de los maestros y la mirada fresca de los jóvenes creadores. Esa conexión puede ser una fuente enorme de innovación y de futuro. Los talleres pueden convertirse en espacios de aprendizaje compartido, donde el saber técnico se une a la creatividad, el diseño contemporáneo o las nuevas tecnologías. Así, el oficio deja de ser algo que se preserva únicamente por nostalgia y pasa a ser una oportunidad de desarrollo para los pueblos.
El papel de los jóvenes en la artesanía es también una oportunidad para el medio rural. Cada taller que abre sus puertas en un pequeño municipio significa empleo, dinamismo, nuevos vínculos con la comunidad y, sobre todo, arraigo. La artesanía tiene la capacidad de atraer visitantes, de poner en valor los recursos locales y de tejer redes entre territorios. Si a eso se suma la energía y la visión de la juventud, el resultado puede ser una verdadera reactivación cultural y económica.
El caso de Hipólito, ¿el último alfarero del Valle de los Pedroches?
En el Valle de los Pedroches vive Hipólito Escudero, considerado el último alfarero de la zona y octava generación de una saga dedicada al barro. Durante décadas compaginó su oficio con su labor como policía local, hasta que recientemente su historia estalló en las redes: un vídeo homenaje creado por la productora Viento de Pueblo y compartido por la artista cordobesa María José Llergo viralizó su figura, despertando un renovado interés por la alfarería tradicional de Hinojosa del Duque.
Gracias a esa visibilidad, muchos jóvenes solicitaron aprender de él o visitarlo. Para Hipólito, que siempre lamentó no haber tenido discípulos, fue una oportunidad de oro: se organizó un encuentro durante el mes de agosto en el que ocho ceramistas podieron trabajar junto a él, observar su técnica y conectar con esa tradición viva que él teme que se pierda. Jóvenes con una vocación auténtica por la cerámica, con proyectos personales, que se plantean auténticamente vivir del barro y, quién sabe, si también en la propia localidad.


